martes, mayo 09, 2006

Peregrinación a la tumba de Greta Garbo

Si algo aprecié de Europa fueron sin duda sus cementerios. Para empezar la piedra es maravillosa. Desde que tuve la oportunidad de buscar tumbas de famosos por el Pére Lachaise de París, no soporto el mármol; me parece fuera de lugar.
Desde luego el campo santo parisino es uno de los lugares más maravillosos de la ciudad. Cortázar, Edith Piadf, Chopin (maravillosa tumba), Oscar Wilde, Jim Morrison (con su busto siempre robado), todos descansan allí. Y estoy segura de que durante la noche, sobre todo las de luna llena (por la luz, obvio) montan sus saraos. Imaginen la actividad actividad cultural que deben tener allí con tanto artista enterrado. Probablemente salgan un rato de sus tumbas para estirar, sino los huesos, al menos sí las almas. Montarán sus tertulias a lo Café Gijón o darán esperadísimos conciertos conjuntos entre el siempre joven Morrison y la eterna Piaf. Se lo pasarán pipa, estoy segura.
El encanto de este lugar es precisamente que parece estar encantado. La mayoría de las tumbas, con excepciones, están mal conservadas y la piedra parece caerse a jirones por todas partes. Hojas secas y tumbas abiertas sobre las que la erosión ha borrado las fechas y los nombres. Ostentosas, alegres, humildes o familiares, distintas son las parcelas de cada muerto enterrado allí. Este paisaje lúgubre contrasta con el de los cementerios de Estocolmo.
En uno de ellos, cuyo nombre no recuerdo por razones obvias (mi mente española me impide memorizar palabras con más de tres consonantes seguidas), anda enterrado el pobre primer ministro sueco que mataron, y allí mismo, entre un césped verde, cuidado, perfecto, salpicado de tumbas, se organizan las más curiosas meriendas a las que he podido asistir. En las que el dicho 'el muerto al hoyo, y el vivo al bollo' alcanzan su máxima expresión.
Pero si guardo un buen recuerdo de algún cementerio es sin duda del Skogskyrkogården (he buscado el nombre en el google y lo he copiado, cómo creen si no??), donde está enterrada la Greta Garbo.
Horas, siglos, una tarde entera de metro para arriba y metro para abajo hasta llegar al lugar más cercano desde el que poder accedera pie al cementerio. Atravesamos escampados, evitamos a los controladores de metro (íbamos sin billete) e incluso, nos topamos con una tía, que no sé de donde había salido y que resultó que chapurreaba algo de español.
Al fin, después de tanto esfuerzo, nos encontramos bajo el arco de entrada del cementerio, y conseguimos adentrarnos en él.
Parecía un bosque en el que las tumbas se integraban a la perfección. Si no fuera por la aplastante presencia de las lápidas no hubiera creído nunca que estaba en un cementerio. Alucinante. El sol brillaba y los pajarillos revoloteaban por encima de nuestras cabezas...
Tras un largo caminar entre los muertos, dimos con la tumba de la actriz.

Hago aquí un alto para contar que es curioso... porque un viejo conocido de mis padres, un vasco llamado Urrutia, solía llamarme Greta Garbo cuando era pequeña. Ignoro el por qué ni siquiera guardo un recuerdo nítido de aquello (tenía tres años) y sé más por lo que me contaron, que por lo que guardo en la memoria.
Colocarme entonces delante de la tumba de la Garbo fue toda una experiencia que no sé por qué resultó bastante conciliadora. Como si aquella romería en pleno Estocolmo fuera algo que tenía que hacer, que tenía pendiente. Maktub. Aunque por aquel entonces todavía no lo sabía.
Cogí unas flores y sobre una hoja arrancada de mi pequeña libreta escribí 'Estuve aquí para verte, que la muerte te sea leve'.

Para aquellos que no lo sepan, esta es la maravillosa máscara de Greta Garbo que Gargallo hizo, y que puede visitarse en el Museo de Arte Contemporáneo Reina Sofía de Madrid.

5 comentarios:

Jose dijo...

No sabía de esta historia. Sabía de aquel hombre que te decía Greta pero no que habías visitado la tumba de la divina actriz. Menos mal que siempre quedan cosas que contar a pesar del tiempo. Recuerdo la máscara de Gargallo y recuerdo también el impresionante Profeta a la entrada de aquella sala donde, buscando el Guernica, nos dimos de bruces con él.
Y recuerdo también el paseo por el Père Lachaise. Un lugar increíble sin duda. Como sacado del Tiempo. La vanidad de los hombres reducidad a piedra decrépita, invadida por una naturaleza salvaje y bellísima. Algún día cuando el final de los finales llegue para los seres humanos imagino que el escenario que quedará será algo como ese cementerio: Ruinas de lo que fuimos y plantas borrando la memoria que de nosotros pudiera quedar.

Y cambiando de tema, ¿cómo has hecho para meter la foto abajo, en medio del texto?

Besos.

Jose dijo...

...Y recuerdo también aquella làpida de una niña, creo, en el museo de arte romano de Mérida: Que la tierra te sea leve.

"Je suis malade..." dijo...

Pequeña Ácates: Sin querer queriendo he llegado hasta aquí, hasta este rincón de un mundo virtual para devorar tus comentarios. Son casi las cuatro menos cuarto de la mañana y no he podido resistirme a leer todo lo que he encontrado a mi paso. Se lo he dicho a Cecilia: "o la genética o la facultad os han servido para algo". Sea como fuere, aquí tienes toda mi admiración y mi enhorabuena.

Patriice dijo...

Querida malade, merci bien por bucear hasta las 4 y media de la madrugada, sin duda tus ojos deben estar acordándose de este blog, pero sin duda te lo agradezco, aunque me divierte un montón escribir las cosas y publicarlas, he de reconocer que siempre es mejor cuando intuyes que haya alguien al otr lado que puede leerte.Besos, y bienvenida a la Red.

Atreyu dijo...

A mi me gustaría ir a la tumba de Drazen Petrovic. ¿No sería más sano que, cuando vayas al extranjero, te metas en museos, cafés, cines o sex-shops en lugar de ir a cementerios? Un beso, megsí bian...