lunes, octubre 16, 2006

Octubre, octubre (I)

Hacía frío y era viernes. El desayuno. El toque de colorete. La gabardina, el gorro, la bufanda, la Imagine-R en el bolsillo derecho y el salir calle abajo en busca del metro. Línea 14 hasta Saint Lazare. Cruza París en 16 minutos… La calefacción de los pasillos de Celsa, la antipática indiferencia de los compañeros, los habituales correos en la Boîte de Réception… Las horas idénticas a las de cualquier otro día y el regreso a casa desde el lado contrario del andén.
Los preparativos del almuerzo, la primera cucharada y el timbre que suena. ¿El timbre? Oh, bendita novedad! Mademoiselle Nogales? Oui, c’est moi (Quién no ha deseado decir esto alguna vez en su vida?) Y ahí comenzó todo.
Fue a partir de las 17 horas del 24 de octubre de 2003, que mi cumpleaños empezó a ser mi cumpleaños. Lo que trajo la voz, que en aquel momento llamó a mi puerta, fue una pequeña caja cuadrada; muy bien envuelta, muy bien cerrada. La abrí temblando, con el corazón que se me salía por la boca…Lo primero que encontré fue un pequeño cuadernito de Jordi Labanda (mi debilidad), que flotaba sobre un miniocéano (todo el que cabía) de gomitas (segunda debilidad conocida), caramelos (tercera debilidad conocida) y chocolate Nestlé con leche y (lo más importante) SIN almendras. Todo ello colocado sobre una exquisita y gruesa base de castañas (otra de mis debilidades conocidas). Cogí el sobre que pululaba entre aquel mar de caprichos patriciados y leí uno a uno, los pequeños párrafos que mi familia me enviaba…
Con la tarde llegaron los primeros invitados a la fiesta… más regalos, más conversaciones de besugos (recuerdo con especial cariño un diálogo de los del tipo ‘comoquienoyellover’ con una chica rusa), la mancha de tinto en la moquette beige (ay, Jorge), la canzone del sole… y al fin, el grupo íntimo apurando el vino y comiendo las castañas, seleccionadas (podía imaginarlo) por las inconfundibles manos de mi padre.
Supongo que aquellas doce o trece horas (desde las cinco de la tarde hasta las seis de la madrugada) fueron de las mejores que viví en aquella ciudad que durante un tiempo también fue infierno y paraíso, como esta Huelva mía.
Y ya está. Aquí termina la historia. Ahora que se acerca la cita ineludible, el 25 aniversario de mi nacimiento (horrible cifra) me apetecía pensar en aquellas gentes, en aquella diversión a lo Gran Hermano y dejarme llevar un poco por la nostalgia de lo irrecuperable. Pero bueno, como dicen en el DVD sobre las fiestas de la Santa Cruz de Abajo y su Emperatriz Santa Elena, nos quedan los recuerdos… y me atrevo a añadir que, como diría mi buen Pedro, afortunadamente está todo por hacer y quedan muchos cumpleaños por celebrar (o no, pero esa es otra historia).

3 comentarios:

Pedro dijo...

Oye, qué es eso de que 25 es una cifra horrible? Pues yo llevo ya casi un añito viviendo entre las lineas rectas y curvas de esa "horrible cifra" y la verdad es que no me quejo. Además es baastante redonda: la cuarta parte de un siglo, la mitad de 50... Yo la veo incluso más una parada en el camino (blanco o del color que sea) que los 30, los 40 y esos años a los que indefectiblemente se asocian crisis.

Ya verás que cd estés agotándola, el 25 te parecerá una cifra preciosa.
Pa fea el 26. Ahhhhhhh!!!!! Qué poco me queda. Por cierto, este año no celebro mi cumpleaños, este año me tiro por un puente. Jajaja.

Besotes.

La Mala Vida dijo...

¡Bienvenida al club del cuarto de siglo!

Zarzamora dijo...

Los cumpleaños fuera de casa traen siempre los mejores de los recuerdos, porque el calor de tu gente llega allá donde estés, ¿verdad? Y respecto a los 25, te diré también que de horribles tienen un pimiento frito, que bien bueno que está, metidito en su pan, cubierto por un filete, su tomate, su tortilla francesa y su jamón de pata negra, cioè, los 25 son un serranito!!
Besitos, patriuski