miércoles, octubre 04, 2006

Capitán Mortensen

Aviso solidario: Todo aquel que no haya visto todavía la película Alatriste, que se abstenga a seguir leyendo. No quiero herir sensibilidades y no quiero reproches. Y por favor, aprovechen que no tienen nada que leer para ir al cine. Merci bien.


Tengo tantas cosas que decir, que no sé por dónde empezar. Por hacerlo de alguna forma, diré que tras más de un mes en cartelera y tras más de un mes de intentos inertes por ir a verla, fue ayer, y sólo ayer (por el domingo 1 de octubre), cuando conseguí una entrada para la sesión matinal (cuestión de horario laboral) de Alatriste.
Poca gente en la sala, aunque más de la que imaginaba. Comienza la función…

La película es un collage, de dos horas y media, de las aventuras que Arturo Pérez Reverte le encasqueta a Alastriste en cinco libros. Resulta algo caótico para los que no han leído estas obras, y algo más comprensible para los que sí. De cualquier forma, es como si durante todo el tiempo estuviéramos viendo el largo trailer de un film. Microrelatos uno detrás de otro, que a veces te dejan con ganas de más. No perdonaré la omisión de la que considero una de las escenas más emocionantes del primer volumen (cuando nuestro amado capitán recibe del Conde de Guadalmedina (creo) un anillo del Príncipe de Wales y una especie de documento en el que se afirma que todo súbdito de Inglaterra tiene la obligación de prestar ayuda o auxilio –si este lo requiriera- a Alatriste. Guadalmedina (Eduardo Noriega en la peli) susurra, “lo que daría yo por tener algo como eso”; y es en ese momento cuando uno derrama una lágrima perfecta y se alegra de que a hombre semejante se le premie con lo que merece; el lector toma conciencia de la grandeza del personaje, en fin…). Efectivamente, si en algo flojea esta película (a mi humilde entender) es en el guión. Demasiado. Demasiadas historias que se resuelven a la fuerza con rapidez, dejando muchas cosas en el tintero, nunca mejor dicho.
Y aún así, todo tiene sentido.

Cuenta lo que fuimos, dice uno de los hombres de Alatriste al apuesto Íñigo Balboa (Unax Ugalde, maravilloso) en esa increíble escena final: el algo grotesco y caricaturizado (en cierto modo) viejo tercio de Cartagena que decide no plantarse ante ‘la France’ a pesar de las ocho horas de batalla y a pesar de que están reventaitos perdíos… No hay que olvidar “que este es un tercio español”, dice el Capitán Mortensen (Oh, Viggo mío) en un momento único e irrepetible para el cine español.

Efectivamente lo que Díaz Yanes se limita a hacer durante toda la película es contar lo que fuimos, lo que fueron. Cada resumen apresurado de las aventuras de Alatriste sólo tienen dos tipo de justificación:

Primero: Son una mera excusa para algunas de las puestas en escenas más maravillosas que se han visto. Hay planos que son cuadros barrocos, con esos juegos de luces y sombras, y cada frame en el que aparece Alatriste, con su capa, su espada y, sobre todo, con su sombrero de ala ancha, son simplemente perfectos. Por no hablar de la melena rojiza de Ariadna Gil… bellísima.

Segundo: Son una mera excusa para conocer al Capitán Alatriste y al resto de personajes. Para aprender a entenderlos, con sus defectos y sus virtudes, para llegar a abarcarlos por completo, y sólo así comprender por qué al final deciden enfrentarse a la muerte segura: perdedores y a mucha honra, y con dos cojones (que diría Reverte). Muy español.

Y ya que estamos en el final, que menos que continuar con el despliegue de piropos hablando de ese detallito que ha gustado a unos, abominado a otros y sorprendido a todos. Voilà. Hablo de esa maravillosa Madrugá sonando completita, mientras el ‘milvecesperfecto’ Alatriste se lanza a los franceses empuñando la espada. Reconozco que me quedé sin aliento, algo desconcertada al principio; esperando un giro en la música que me hiciera pensar: ‘ah, que no, no es una marcha procesional, sólo lo parecía’. Pero qué va, aguantó como una campeona. Un final como este salva cualquier defecto de la película.

Sólo tres cosas más (y que la economía del lenguaje me perdone, pero hay tanto que contar):
-Precioso el juego que hacen con el pañuelo de Alatriste durante toda la película.
-Echo de menos el famoso tirurí-tirurá que precede en los libros a Malatesta.
- Y finalmente, esta vez sí, conmovedores los planos de mi Viggo emocionado. Qué hombre, Dios mío, qué hombre. Supongo que a los tipos como él lo perdimos con el imperio.

Dixit. Delenda est Cartago.

2 comentarios:

Pedro dijo...

Tantas tantas cosas que decir...

Primero: Sí, Cartago debe ser destruida. ;)

Segundo: Estoy contigo y creo que todo el mundo salió del cine comentando lo mismo, en que el fallo de la película es el guión. Demasiado para tan poco tiempo. Sin embargo, si miramos la historia desde otro punto de vista quizá si que la cosa tiene más sentido: Una película que intenta reflejar la caída de un imperio y no exclusivamente las aventuras y desventuras de unos personajes determiandos. En cualquier caso la cosa podría haber estao más conseguida. Por cierto, ha participado Pérez Reverte en la elaboración del guión?

Tercero: La puesta en escena o como se diga, la fotografía el sonido, etc, vamos, es perfecta. Me quedo con dos momento de la peli: el más maravilloso de todos (visualmente hablando) es esa Ariadna Gil bajando la enorme escalianta con ese vestido maravilloso, atravesando la pantalla de parte a parte. Simplemente, quita el aliento. Si tuviese el síndrome de Stendhal me habría desamyao en el cine en ese momento.Jeje.
La otra cuando Ariadna y Viggo están en casa de ésta, ella peinándose delante del espejo y el sentado con esa postura tan típica a lo hombre del Siglo de oro y esa luz entrando perpendicualr por la ventana. Un cuadro de Velázquez, vamos.
También muy símbolica la imagen muy breve del sol siendo ocultado por las nubes casi al final de la peli.

En fin, voy a parar que esto va camino de convertirse en un post en vez de en un comentario.

Ya comentaremos lo que haya que comentar en er vivo y er direrto.

Ah! una última cosa. Me cuento entre los que consideran que La Madrugá al final, enterita y como dios manda es todo un acierto y ha conseguido hacer de esa escena una de las más bellas y espectaculares (no al estilo espectacular de hollywood, claro) de la historia del cine español.

Mil besos y otros mil pa Viggo.

P.D. Estaba claro que este hombre tenía que terminar medio español con los nombres que le han tocao en suerte: Vig(g)o; Arago(r)n... Es que más claro agua. A ver si le ponen también Sevilla o Aznalcóllar, tendría su punto, no te creas.

Raquel Rendón dijo...

Bueno, bueno, bueno.. A mí la película me pareció maravillosa, un poco enrevesada por lo que contabas de la mezcla de historias y personajes, pero mucho mejor de lo que me la esperaba.

Estoy muy de acuerdo en que la música del final es acertadísima, pone los vellos de punta, es emocionante.

Y Viggo... qué decir de él, si es que ese cuerpo enfundando en un traje del siglo de oro o en lo que quiera ponerse está que quita el sentío.

Besitos