miércoles, septiembre 27, 2006

Bienvenido a la República Independiente de mi casa

Para Irene, Carol, Manoli, Rocío, Lucía, Lara… y en especial, para Ana
El acto extraoficial de apertura del curso universitario 2006-2007 tuvo lugar en mi casa el otro día. Y es que el jueves ha sido siempre, incluso en mi época de estudiante recatada (qué nabo, que dirían en mi pueblo, pienso ahora), el día marcado a fuego para la movida universitaria.

Yo tenía clases de lunes a viernes, aunque esto no justifica el que pueda contar con los dedos de una mano (bueno, quizás requiera de algún dedillo de la otra, pero pocos) mis salidas en jueves-noche. Sobre todo, si añado que mi turno era el de tarde, vamos que tenía tiempo, si hubiera querido, de dormir la resaca y dejar que los pies se recuperaran del baile. Ya he dicho por algún que otro post, que procuro a la vejez no arrepentirme de las cosas que he hecho o dejado de hacer, aunque esto no impide que quiera resarcirme un poco de aquellos cuatro años de conversaciones interminables sobre periodismo, mucho café y poco botellón, la verdad.

A pesar de que son ya dos, los años que llevo como víctima del paupérrimo mercado de trabajo (sector comunicación), el hecho de vivir con estudiantes me permite, como digo, reconciliarme con aquella Patriice que daba demasiada importancia a las cosas, cuando (ahora empiezo a saberlo) a la postre, muy pocas la tienen.
Llegar del periódico y encontrarme en la encimera de la cocina la rista de vasos de tuvo, la botella de Legendario con su inconfundible bandera y la de Coca Cola Light (2 litros), siempre me arranca una sonrisa (el hielo en el congelador, que no nos falta detalle).
Luego empieza el ritual del ‘no tengo nada que ponerme’, del ‘préstame el rimmel’… El sabor de la primera copa. Las risas en el salón. El taconeo va, taconeo viene. El camino hacia La Merced. El frío del alcohol que insensibiliza la mano. Pero sobre todo, las risas y la buena compañía…
El hacer un paro mental para ser consciente de que no querría estar en otro lugar del mundo más que en ese; para ser consciente de que si llevo dos años en este mercado laboral de H.I. es gracias al oasis de la Plaza Niña, a los habitantes (fijos o móviles) de esa suerte de casa de Gran Hermano (sin nominaciones) que es mi hogar choquero. Acá donde todo es posible; donde cada instante es único; donde siempre hay algo con lo que sorprenderse. Donde se ríe a carcajadas, se llora, se habla, se baile y se posa ante la cámara digital. Donde cada desayuno, almuerzo o cena (¿falta algo en la mesa?) son perfectos.

4 comentarios:

Atreyu dijo...

Ya te digo... Pon un ET en tu vida.

La Mala Vida dijo...

Me has despertado un montón de emociones con este escrito tuyo. La verdad, no me arrepiendo de los cafés (aunque me destrocé el estómago con el "bombón" -café y leche condensada- del Café&Olé) ni de las charlas porque ahí es donde verdaderamente aprendimos a ser nosotros mismos. Alguna que otra botellona hubo, no te quejes, unas más memorables que otras. Todavía recuerdo aquella mañana en busca del Huevo de Colón. Para los Anales de la Historia de Hill Valley. Y así, muchas más. Ay, qué nostalgia. Me callo, que voy a llorar.

La Mala Vida dijo...

Añadir, por si alguien se ha perdido, que la búsqueda del Huevo de Colón la hicimos con una resaca del quince, que se dice en mi pueblo. Jar!

ANA dijo...

K bonito, sabes me he emocionado al leerlo(por lo k me toca!!!).Todavia nos kedan unos pocos de jueves, y muchas mas cenas, comidas...(con sus respectivas tertulias).Y los proximo nuestra fiesta conjunta de cumpleee!!!!(ay si k va a haber fotitos.Mil besos