domingo, octubre 07, 2007

El final es un beso escondido detrás de un sombrero

Es tanto lo que se pierde, dice quien ya todos saben que lo dice.
Estos días no he parado de pensar, me esfuerzo mucho en recordar a cual de mis compis becarios vi antes o en qué consistía exactamente aquella primera broma que Vicente me hizo, cuando apenas acababa de saber su nombre [me pareció toda una osadía]. Soy incapaz. Sé que aquel primer día, de aquel verano de 2004, Raquel Rendón llevaba su falda larga azul cielo, el pelo largo y sus antiguas gafas de montura ligera. Y sé, lo recuerdo, que al verla pensé [lo juro] que me llevaría bien con ella.
También recuerdo que fue en el ordenador de Montenegro donde me senté en aquella clase de iniciación al Millenium y al Arcano (no imaginábamos entonces cuanto nos llegaría a desesperar el dichoso archivo) de un Juan Aurelio aún desconocido. Recuerdo aquella suerte de primera y única reunión de primera con el dire diciéndonos que todo sería maravilloso. Recuerdo a los jefes mirándonos con media sonrisa y recuerdo lo deprisa que Ana del Rocío contestó cuando preguntaron quién quería irse a Deportes.
Siempre me ha gustado pensar que aquella quinta de becarios fue de lo mejorcito que pasó por Huelva Información (disculpen la falta de modestia).
Y puedo seguir con los recuerdos… La sonrisa de Sugrañes diciéndome "Claro que sí", cuando me ofrecieron quedarme y acepté. La marcha de David Mingo (la primera de tantas que vinieron después). Y desde entonces las manazas de Paco Núñez golpeando mi teclado (y sus bromas, y sus consejos, y su amistad, y sí, también su marcha), los comentarios de Mónica, la ironía de Justo, la bondad de Zalvide, los paquetes de Doritos que me arrebataron; el café con leche con menos dos de azúcar. Los "pásalos al 210"; los desesperantes envíos de los corresponsales, siempre a las tantas; la voz de Chacho, al modo de padre de Hamlet que llega desde el fondo de la redacción; el sonido de la impresora; el armario de chuches de Deportes; los cambios y las escaleras de Sambell; los diseños de Rodolfo; las críticas de cine de Mili; los ‘Maricebolla’ de la ‘Mariajo’; los tacones por el pasillo de la redacción; los pellizcos de Carlos; la complicidad de Peinazo (mi redactor jefe ya para siempre); los café a las once; el digital de AnaRo; la melena rubia de Saray; las 40 páginas del suplemento de construcción del Quinichi y luego sus dobles de Tráfico (volumen II); la llegada de Rosa; las coca cola Light de la Gallego; la sonrisa de Ana (y sus gráficos). SantiPonce. El diario de la Gran Vía con sones de Amaral que nos brindó Serradilla. Los cascos de Princesa Leia; las visitas de Yolanda; las patadas a papeleras; los Contro+S+ Intro, el Mac de Fran Info; los ‘tengo miedo’ de Dona, el brillo en los ojos de los fotógrafos. El ‘Hasta mañana’ de Tere, siempre, aunque no trabaje al día siguiente o se vaya de vacaciones. Los goles del recre y los marrones de sucesos; las fotos de la última; la fuente de agua (al fin), los brindis con el alcalde y las visitas solidarias de Barragán; la barba de Helenio, y sus maquetas a lápiz, repletas de breves. El olor a fábrica, a salitre y los colores del atardecer junto a la Ría. El protocolo telefónico de Enrique. Las historias de Sugrañes (que me enseñaron a conocer Huelva) y cada tarde, una tras otra cada noche una tras otra, la ida y vuelta a casa en compañía de Vicente.
Podría seguir con los recuerdos, y sin embargo, es tanto lo que se pierde. Han cabido tantas cosas en tres años, tantas que algunas ya ni las recuerdo. Y lamento no ser una máquina, no tener una memoria de mil gigas para poder tener un registro pormenorizado de todos y cada uno de los segundos que he pasado en esa redacción, infierno y paraíso, puerta del bien y del mal.
Me marcho de donde ya creía que nunca me marcharía. Me voy con un nudo en la garganta, y sin la certeza, las siempre necesarias certezas. Me voy con una foto en la retina, como en La Playa (¿se acuerdan?), ese instante perfecto de carpe diem, de felicidad infinita. Me marcho y me llevo una familia en el bolso de Jordi Labanda. Me marcho y una parte de mí se queda (y no me refiero, sólo, a las toneladas de papeles que aún debo recoger). Me marcho y deseo quedarme, aunque sepa que en el fondo, hago bien en marcharme. Me marcho y automáticamente se genera una nueva sombra, un nuevo fantasma en mi negra espalda del tiempo, de la misma manera que con tan sólo un clic, surgen las páginas en la carpeta de pdf automáticos.
Me marcho y ahora que ya me he marchado, me parece mentira. Me marcho y nunca pensé que sería tan difícil marcharme.
Pero ya está, ya se hizo, al fin cumplo mi sueño y me convierto en una suerte de participante de Gran Hermano, una voz similar a la de Mercedes Milá ya ha comenzado con el ritual: "la puerta de Huelva Información se abre para que salga… Patricia".
Que verdad tan verdadera aquella de que las cosas nunca son como las hubiéramos imaginado. Por más versiones que de ellas tengamos en la cabeza, por más variantes, al final, la realidad siempre nos sorprende. Este post no es como el que soñé.

6 comentarios:

La Peca Dora dijo...

Hija, por estas cosas es por las que merece la pena leer tu blog, aunque sea un día triste. Ya me contarás tu cambio de estatus, de vida, de trabajo... Como siempre hay una charla pendiente. Ya he tenido a dos de las pequeñas ácates en mi hogar. Sólo faltas tú. Espero que sea pronto. Mucha suerte y un beso! Hasta que hablemos o nos veamos.

w dijo...

Estas son las marcas que nos deja la vida en nuestro deambular por ella. No seran las primeras ni las ultimas, solo desear que siempre dejen una "buena" señal y no dejar atras a los amigos ganados en tan dura batalla. Suerte en tu nueva cruzada.

Fdo: El agresivo W.

Anónimo dijo...

Un beso y un gran abrazo de oso. Eres, simplemente, la mejor. PN.

Alanolat dijo...

Ya te echo de menos

Pedro dijo...

JO! Qué bonito! Me ha resultao de lo más emotvo incluso a mí que no conozco la mitad de las cosas de las que hablas.
Finalmente, he cerrado mi blog pero volveré en breve. ¿Acaso lo dudabais?
Muchos besos y que la suerte te acompañe. Eso seguro.

Raquel Rendón dijo...

Dios, otra vez he llorado, Pa. Es lo más hermoso que he leído en mucho tiempo.

No hay quien llene el espacio que nos has dejado y ni los tacones en le pasillo, ni las bromas de Vicente, los "tengo miedo" de Dona o las vueltas a casa saben igual sin tu exquisita presencia.

Llámame este finde y quedamos, vale?