Demasiadas veces, quizá. Demasiadas veces me he amparado en las palabras, en los escritos de otros. Quizá.
Rafael Argullol habla hoy en una entrevista publicada en El País del "yo que se pierde". Y aunque confieso que nunca había oído hablar nada de este autor (mea culpa), sus palabras han captado mi atención en cuanto las he apenas leído. La pérdida del yo es constante. I guess. "Es tanto lo que se pierde", resume Mr. Marías.
Y hay tardes, casi siempre de otoño, casi siempre lluviosas, casi siempre en blanco y negro, en las que pareciera que uno, haciendo un esfuerzo sobre humano, hiciera un alto para rescatar todos esos 'yo' perdidos. Cadáveres de lo que nunca seremos, ni serán otros a nuestro lado. Cuerpos que nunca tuvieron vida. Fantasmas sin pasado. Semillas sin futuro. Tardes de canciones tristes, de voces apagadas. Tardes como esta en las que uno se sienta a contemplar todas sus vidas rotas, interrumpidas, perdidas en una calle sin salida. Y entonces nuestra existencia, la que por ¿azar? fue, no tiene otra que despojarse de sus habituales ropajes y vestirse, entera y por dentro, de negro. Un luto oculto a las miradas. Un luto interior. Callado. Invisible. Íntimo. Exclusivo. Un dolor que se pierde. También él.
viernes, septiembre 24, 2010
miércoles, septiembre 22, 2010
Luz de otoño
Fue tantas cosas. Fue tantas personas, que todos, bajo la luz de otoño, creyeron estar en el entierro equivocado.
miércoles, julio 28, 2010
Música y crepúsculo
El tiempo es un don para los lectores. Eso he pensado esta mañana, al darme cuenta de que podría dedicarla entera, si quisiera, a leer. Uno de los momentos más exquisitos de la vida de pueblo vacacional es terminar el libro que traía de Huelva y verme en situación de tener que elegir un nuevo título de la biblioteca de casa... Vas repasando lomo a lomo los diferentes ejemplares, colocaditos (y desordenados por la mano de mi sobrina) en la librería Ikea y de repente te das de bruces con un título olvidado. Un libro que compraste hace ya muchos años y que aunque te ha acompañado siempre como parte de tu colección privada (todavía) no habías tenido oportunidad de leer. Lo coges y sabes que, aunque es tuyo desde 1999 (abril), es ahora cuando lo leerás. Los libros son así, algunos inmediatos, otros nos acompañan durante mucho tiempo como lecturas potenciales hasta que llega el momento. Son libros que nos han estado esperando, pacientes, hasta el día en que al fin sentimos que es el momento de leerlos. Con Gabriel García Márquez es ya la segunda vez que me sucede, tras la deliciosa lectura estival (qué horas más placenteras) de Cien años de soledad, ayer mismo, cinco minutos antes de salir para la piscina pillé sin ningún tipo de vacilación, en cuanto me di de bruces con él, El coronel no tiene quien le escriba. Y cuando en las primeras páginas me encontré con: "el coronel no había hecho nada distinto de esperar. Octubre era una de las pocas cosas que llegaban", supe que amaría este libro.
Y sin embargo, no era de El coronel... del que quería hablar en este post, sino de ese libro mencionado que ha viajado en la maleta conmigo desde Huelva y que finalicé en menos tiempo del que me hubiera gustado. Los Nocturnos de Kazuo Ishiguro (japonés de nacimiento, pero criado en Inglaterra) me han impresionado. Son cinco historias de música y crepúculo, como reza a modo de subtítulo en la portada del libro, perfectamente construidas. Con personajes sorprendentes pero a los que llegas a amar en tan sólo unas pocas páginas. Con un hilo musical siempre de fondo, cada uno de estos relatos comparten un territorio (el de la negra espalda del tiempo) y al mismo tiempo nada tienen que ver. Hay humor, hay desolación, tristeza, nostalgia, música por supuesto, y el sabor agridulce de la buena literatura, que te desgarra, que lo mueve todo, que te cambia, que es dolorosa, pero irremediablemente, placentera a la vez.
Los comienzos, las primerísimas frases de cada uno de los cinco relatos, abren un camino que te arrastran, sin que oposición alguna sea posible, a la lectura. Pero sin saber por qué, sin que ni siquiera tenga mucho sentido para mí, en medio del último relato me encontré una frase que me golpeó fuerte, de las que no se me van de la cabeza. "Cómo los amigos del alma de hoy son mañana personas extrañas perdidas, dispersas por Europa, que tocan el tema de El padrino o 'Las hojas muertas' en plazas y cafés que no visitaremos nunca."
A pesar de mi plan de ahorro, me alegro muchísimo de haber caído en la tentación de comprarme este libro del que leí algo en Elpais.com y por el que sentía una gran curiosidad, ahora satisfecha. Creo que volveré a releerlo en cuanto tenga oportunidad, pues todavía tengo mucho que descubrir en esta obra. Estoy segura.
Quienes estén interesados en pasar un buen rato, busquen el título en las librerías. No se arrepentirán.
Bonnus track.
Y sin embargo, no era de El coronel... del que quería hablar en este post, sino de ese libro mencionado que ha viajado en la maleta conmigo desde Huelva y que finalicé en menos tiempo del que me hubiera gustado. Los Nocturnos de Kazuo Ishiguro (japonés de nacimiento, pero criado en Inglaterra) me han impresionado. Son cinco historias de música y crepúculo, como reza a modo de subtítulo en la portada del libro, perfectamente construidas. Con personajes sorprendentes pero a los que llegas a amar en tan sólo unas pocas páginas. Con un hilo musical siempre de fondo, cada uno de estos relatos comparten un territorio (el de la negra espalda del tiempo) y al mismo tiempo nada tienen que ver. Hay humor, hay desolación, tristeza, nostalgia, música por supuesto, y el sabor agridulce de la buena literatura, que te desgarra, que lo mueve todo, que te cambia, que es dolorosa, pero irremediablemente, placentera a la vez.
Los comienzos, las primerísimas frases de cada uno de los cinco relatos, abren un camino que te arrastran, sin que oposición alguna sea posible, a la lectura. Pero sin saber por qué, sin que ni siquiera tenga mucho sentido para mí, en medio del último relato me encontré una frase que me golpeó fuerte, de las que no se me van de la cabeza. "Cómo los amigos del alma de hoy son mañana personas extrañas perdidas, dispersas por Europa, que tocan el tema de El padrino o 'Las hojas muertas' en plazas y cafés que no visitaremos nunca."
A pesar de mi plan de ahorro, me alegro muchísimo de haber caído en la tentación de comprarme este libro del que leí algo en Elpais.com y por el que sentía una gran curiosidad, ahora satisfecha. Creo que volveré a releerlo en cuanto tenga oportunidad, pues todavía tengo mucho que descubrir en esta obra. Estoy segura.
Quienes estén interesados en pasar un buen rato, busquen el título en las librerías. No se arrepentirán.
Bonnus track.
lunes, julio 26, 2010
There's no place like home
Todavía hay una pregunta sin respuesta. Bueno hay muchas, pero ésta parece encerrarlas todas, resumirlas todas. Todavía hay una pregunta ante la que no hay qué decir, por más recurrente que sea, por más que uno la plantee año tras año. No hay palabras con las que comenzar ningún discurso que arroje algo de luz a estos días de verano, a estos días de vida de pueblo, a estas mañanas, tardes, noches y madrugadas aznalcolleras. ¿Qué tiene aquí el verano? ¿Qué me trae? ¿Qué me devuelve? ¿Qué me roba? ¿Qué me enseña?
Las letras de Francisco Nixon, a este lado de la ventana, contrastan con las voces vecinas del otro lado.
Las letras de Francisco Nixon, a este lado de la ventana, contrastan con las voces vecinas del otro lado.
miércoles, julio 14, 2010
París es siempre una buena idea
Eso mismo le dice Julia Ormond a Harrison Ford en la entretenida Sabrina (remake de aquella otra mítica protagonizada por Audrey Hepburn y Humphrey Bogart), que París es siempre una buena idea.
Pude ver la película en una tarde tranquila de sofá con mi madre que disfrutaba del film tanto como yo. Nos encanta el género. Y aunque versión, la Sabrina de Sydney Pollack conserva el viejo encanto del cine en blanco y negro, de la vieja gloria de Hollywood, definitivamente perdida [eso dicen]. Y desde entonces vengo arrastrando la frase conmigo. Se coló en el maletero de mi skodi sin que me diera cuenta y me siguió hasta casa. Tomó el ascensor, aprovechó un descuido para meterse en mi apartamento y se instaló sin pudor alguno en el sofá orejero verde botella de Ikea que preside el salón. Y yo, tonta de mí, no la he visto hasta hace tan sólo un rato, cuando he abierto de par en par el balcón [a pesar de los mosquitos choqueros] y la luz de julio de esta Huelva mía, nuestra, me ha golpeado.
Llegué a esta ciudad en este mismo mes del año 2004, convencida, entonces, de que sólo me quedaría tres meses... Y paradógicamente lo que más recuerdo de aquellos días en los que llegaba a Huelva es lo presente, lo nítido que tenía mi recuerdo de París. Es cuando te marchas, cuando verdaderamente París te inunda, te posee, se apodera de ti. Cuando más transparente se muestra, cuando más clara, más sincera. Es una condena, una lástima, un castigo que sólo lejos de París empieces a comprender París.
Ahora me toca convivir un tiempo con esta frase. 'París es siempre una buena idea'. No sé cuánto tiempo querrá quedarse. Quizá no se marche nunca y me acompañe siempre para recordarme que soy una expulsada, que vago por una negra espalda parisina, de las que, ya lo sabemos, no escapa nadie.
Hoy París duele.
jueves, julio 08, 2010
El existencialismo, primero en Fox
A Pedro, por guiarme en la senda Lostie.
"Duramos menos que nuestras intenciones", podría recordarle Javier Marías a J.J. Abrams o simplemente podría leer éste último en la Negra espalda del tiempo del primero, si es que, ¡oh, dichosa fortuna!, no lo ha hecho ya. Lost, Perdidos, ha llevado las series de televisión a una nueva dimensión (perdón por tan chocante pareado). Y de paso, ha cogido por las orejas al espectador y se lo ha llevado consigo. Nuestras vidas, las de aquellos que hemos disfrutado con cada capítulo de esta serie, no han vuelto a ser las mismas (aunque algunos ni siquiera lo sepan). Nuestra percepción del tiempo, del espacio, de la amistad, del amor, del mal, de la heroicidad y del sacrificio, nuestra percepción de la vida, y (exclamación) de nosotros mismos, de nuestras existencias, ha cambiado. Y lo ha hecho para siempre.
Hará tres semanas, puede que alguna más, estuve más de una hora al teléfono hablando con un amigo sobre todas las posibilidades lost. Sobre todos los destinos a los que parece habernos llevado, pero también sobre todos los viajes que nos ha propuesto. Algunos realizados, otros (y depende de nosotros) por realizar. Lo que irremediablemente me lleva a reflexionar sobre, más allá de Lost, las series de televisión (show tv) como género.
Si, pongamos, a partir del siglo XVII, con el bueno de Cervantes, la novela se ocupa del ser ya olvidado por las ciencias y la filosofía (Milan Kundera dixit) y es la más pura y absoluta ficción la que se ocupa de las grandes cuestiones existenciales, de los grandes interrogantes, parece que en el siglo XXI, con la inevitable e incuestionable revolución televisiva y tecnológica (no hay que olvidar que Internet impone nuevos hábitos de consumo de cine, música y televisión -y de todo en general- y eso está modificando el producto), son las series para televisión las que han tomado el relevo. Permítanme que al clarísimo y valiosísimo ejemplo de Lost añada el de otras perlas como Fringe o Dexter (probablemente haya más, no las veo todas), claros referentes del existencialismo actual.
No soy nadie para hablar de esto. Sólo estoy generando ruido a través de este blog, pero quienes hayan tenido la fortuna de ver The Constant (4ª temporada Lost) o White tulip (Fringe) sabrá, con toda seguridad, a qué me refiero.
pd. Es maravilloso volver a escribir.
miércoles, julio 07, 2010
Con final
No puedo evitar el guiño al título de mi anterior post aunque nada tuviera éste que ver con fútbol. Al final, habrá final. España se impone a Alemania y hace historia.
Confieso que, aunque mi afición por el deporte rey es normalmente mínima, estoy disfrutando con este Mundial como no esperaba hacerlo. Disfrutando no sólo con las victorias y el juego de los chicos de la Roja, también, y especialmente, con el ritual en torno a cada partido de nuestra Selección, con los nervios compartidos, con la ilusión compartida.
El domingo haré noche en el pueblo para ver la final con mi familia. Creo que le traemos suerte a España.
martes, julio 06, 2010
Sin final
Hoy no he querido ver el último capítulo de Los hombres de Paco [sólo esta serie podía hacerme volver a escribir en la negra espalda del tiempo]. No era algo que tuviera planeado. Ni siquiera tenía planeado sí hacerlo. Hace ya mucho, quizá tanto como que no escribía aquí, que no sigo las idas y venidas de la comisaría de San Antonio. Pero el navegar te lleva a lugares insospechados, a momentos sospechosos, a regresos no deseados, pero deseables. Y de repente ahí estaba hecho jirones en youtube el último capítulo de la última temporada, emitido hace semanas. Al fin, suspirarán algunos de alivio entre los que, oh confieso, me encuentro. Sí. Que la serie continuara con una trama disparatada, retorcida ya, con personajes irreconocibles para mí, me hacía sentir como la madre de un pequeño bastardo al que no quiere pero del que no puede evitar sentirse responsable ante lo que pueda estar haciendo.
Por lo que sé, ni siquiera, en un bello ejemplo de justicia poética, Lucas ha aparecido en esos últimos instantes de ficción para intentar dar un final digno a una serie que tanto prometió, tanto cumplió y a la que tan buenos momentos debo, a pesar de ella y a pesar de mí.
Después de dudar durante un rato, después de hacerme con el capítulo completo, me ha venido la revelación, primera frase de este post. Al final, que me haya traído de vuelta a estos oscuros tiempos es algo que también debería agradecer a la serie. Echaba de menos sentarme a escribir, echaba de menos a Patriice. Aunque no sé si podré recuperarla.
Lo sabrán.
pd. Hasta el próximo terremoto, iba a escribir para terminar el post como el viejo y sabio Saramago solía firmar algún artículo. Y ya a estas alturas, con la ausencia irreparable del escritor que me hizo soñar con la escritura, pienso en que las cosas han cambiado demasiado. Pienso que he llegado tarde a donde quiera que me encuentre ahora.
domingo, diciembre 21, 2008
domingo, septiembre 28, 2008
La lluvia
Bruscamente la tarde se ha aclarado
porque ya cae la lluvia minuciosa.
Cae o cayó. La lluvia es una cosa
que sin duda sucede en el pasado.
Quien la oye caer ha recobrado
el tiempo en que la suerte venturosa
le reveló una flor llamada rosa
y el curioso color del colorado.
Esta lluvia que ciega los cristales
alegrará en perdidos arrabales
las negras uvas de una parra en cierto
patio que ya no existe. La mojada
tarde me trae la voz, la voz deseada,
de mi padre que vuelve y que no ha muerto.
porque ya cae la lluvia minuciosa.
Cae o cayó. La lluvia es una cosa
que sin duda sucede en el pasado.
Quien la oye caer ha recobrado
el tiempo en que la suerte venturosa
le reveló una flor llamada rosa
y el curioso color del colorado.
Esta lluvia que ciega los cristales
alegrará en perdidos arrabales
las negras uvas de una parra en cierto
patio que ya no existe. La mojada
tarde me trae la voz, la voz deseada,
de mi padre que vuelve y que no ha muerto.
J.L. Borges
sábado, septiembre 27, 2008
Roto por dentro (y II)
Da una profunda bocanada a su cigarrillo casi acabado y recuerda a un viejo mercenario de los que cierran un poco los ojos cada vez que acercan el cigarro a los labios, como si en ese instante vieran pasar frente a sí todos los peligros sufridos, todas las aventuras vividas.
Fuma como quien vuelve de todo, como quien espera la muerte para mirarla a los ojos. Pero es sólo literatura; en realidad, no tiene aspecto de mercenario. Lamenta su gesto fumador porque cada vez encuentra más patas de gallo entorno a su mirada. Está flaco. No sería un problema si no estuviera también tan flácido, los brazos largos como si fueran de goma. El pelo mal cortado, demasiado negro para ser cierto con su edad. El bigote demasiado poblado, acentúa sus ojos hundidos.
No. No es un héroe.
Fuma en la azotea de su casa. Observa la calle, mira a la gente, ni una sola vez se fija en las estrellas. No le interesan. No es un poeta romántico. Quiere saber quién cruza la plaza a estas horas de la madrugada, a quién lleva de la mano y de qué hablan.
Apura el cigarro y lo lanza a la calle por encima de la baranda de la azotea. Cae un punto de luz y al llegar al suelo se desvanece en la noche. Se gira y regresa dentro.
Ya nadie puede observarlo allí. Ya nadie puede ver el gesto lastimoso al cruzar por el espejo rocambolesco, una vez colgado como quien cuelga una joya. Ya nadie puede saber la angustia que le provoca esa casa, tan pequeña, de fachada estrecha y estrecha azotea. Ya nadie podrá entender por qué no mira a las estrellas cuando sube para respirar un poco de aire frío. Nadie puede conocer el regusto amargo, más amargo que nunca, de ese último cigarro del día que lanza a la calle por no lanzarse él mismo.
Entra en su cuarto y se acerca al ordenador. Sus vecinos tampoco saben que tiene uno de ésos. Mi Música\En español\Mclan\Roto por dentro. Doble click y la melodía lo envuelve. Las palabras se clavan como puñales. Y llora como un niño al que han privado de algún capricho, como un adolescente con el corazón hecho añicos, como un joven sin certezas, como un adulto sin esperanza. Como un viejo enterrado en vida.
jueves, septiembre 18, 2008
Está vivo!!
Señoras y señores, compatriotas, hermanos, amigos todos: está vivo, Lucas está vivo!
Ya sólo me queda recordarles que hoy los cielos y la tierra me sonríen...
Ya sólo me queda recordarles que hoy los cielos y la tierra me sonríen...
lunes, julio 28, 2008
In memoriam
El castillo de irás y no volverás donde habita mi príncipe salvador de largas pestañas, pómulos perfectos y afiladas cejas, se encuentra en el corazón del conocido reino de Gonzalo Bilbao, ilustre pintor sevillano, que invito a ser redescubierto en el siempre poco ponderado Museo de Bellas Artes de Sevilla, y por el que vagué [por su reino, digo] durante cuatro hermosos años. Ahora, casi siempre mis incursiones por este territorio, también oscuro en cierto modo, son de una índole diferente, aunque confieso que como si de una superposición de tiempos se tratara, a veces he contemplado de soslayo aquel viejo y coqueto merendero al que no puedo regresar a no ser en compañía de ciertas personalidades del mundo periodístico actual.
Todo esto para explicar que no ha sido hasta hoy que no me he percatado de una ausencia.
Crucé hasta la acera indicada y avancé Calle Arroyo arriba con la ilusión de que de un momento a otro aparecería ante mis ojos. Avancé con el irreprimible deseo de sumergirme de lleno en aquel espacio y viajar en el tiempo y recordar y sonreirme e incluso comprar algo. Pero no ha habido suerte. Hace a penas media hora que he recorrido diez veces ese lado indicado de la calle sin darme de bruces, por más que lo he deseado, con el escaparate de la Librería Pedro Crespo. Simplemente, no está.
Y ahora viene la segunda triste parte: en su lugar, una tienda de complementos y ropa de tres al cuarto, que ni con toda la imaginación del mundo deja entrever que aquello pudo ser un espacio habitado por libros. Pero sí lo fue. Los tres escalones de la puerta que hay que bajar o subir [según se entre o se salga] no dejan lugar a dudas. Yo lo he hecho. Los he bajado primero, he dado una vuelta por entre los pasillos de perchas repletas de ropa barata, intentado recordar los ojillos de librero de nuestro Pedro Crespo, y los he subido después para marcharme cabizbaja de aquel lugar en el que una vez adquirí el entrañable tipometro.
No sé lo que ha pasado. Desconozco qué mezquino torbellino de circunstancias arrastró la libreria periodística por excelencia hasta la amarga espalda del tiempo. Pero es que tampoco quiero saber.
Que la tierra le sea leve.
sábado, julio 19, 2008
LUCAS
Y al final todos los héroes desaparecen, se marchan, meten en su maleta su destino trágico y se van a cumplirlo a cualquier otra parte. Lejos de aquí. Y uno se queda, como en la canción, roto por dentro. Sin saber por qué. Sin tener motivos de peso. Ni un gramo de razones por las que sentir aquella onda oquedad sobre la que un día escribió Altolaguirre.
Sé que Lucas es sólo un personaje. ¿Sólo? Es sólo ficción. ¿Sólo? Pero su más que dudosa, más que cuestionable desaparición de mi última serie fetiche, a saber, Los hombres de Paco, me ha llevado de nuevo a este territorio perdido, a este estado perenne de nostalgia, aunque confesarlo hace que me sienta un poco ridicula. Que Lucas salga de la serie trae a mi tiempo presente aquella vieja tristeza que solía dificultar mi caminar pisando el bajo de mis pantalones a la entrada de la redacción. Este nuevo adiós lo ha vuelto a poner todo patas arribas. Y a estas alturas del segundo párrafo sigo sin saber por qué.
Hasta el próximo terremoto.
Sé que Lucas es sólo un personaje. ¿Sólo? Es sólo ficción. ¿Sólo? Pero su más que dudosa, más que cuestionable desaparición de mi última serie fetiche, a saber, Los hombres de Paco, me ha llevado de nuevo a este territorio perdido, a este estado perenne de nostalgia, aunque confesarlo hace que me sienta un poco ridicula. Que Lucas salga de la serie trae a mi tiempo presente aquella vieja tristeza que solía dificultar mi caminar pisando el bajo de mis pantalones a la entrada de la redacción. Este nuevo adiós lo ha vuelto a poner todo patas arribas. Y a estas alturas del segundo párrafo sigo sin saber por qué.
Hasta el próximo terremoto.
jueves, mayo 08, 2008
lunes, marzo 17, 2008
Lunes Santo en Triana (II)
Los dioses han querido que este Lunes sea santo por partida doble...
En fin, hoy 17 de marzo, es Lunes Santo en Triana y, además, San Patricio, lo cual me llena de orgullo y satisfacción.
Este día siempre me pone nostálgica, siempre me traslada en el tiempo, me hace pensar en aquellos días de prisas por cerrar el Covirán y poder llegar a tiempo a la cofradía (no sé cómo, pero lo conseguíamos), me devuelve el frescor (a casa antigüa) del salón de mis abuelos, el viejo salón junto a la cocina donde mi madre y mis tías preparaban bocadillos para los nazarenos de la familia y para los que los acompañábamos desde la barrera. Era un día de jugar con los primos, de comer algo en Casimiro, abarrotado de gente como todavía hoy... de disfrutar del olor a azahar.. era un día nuestro. De la familia, un día que compartir con otros, haciendo crónica de cada segundo, como diciendo, 'mira esto somos nosotros. Somos lo que somos porque esto ha formado para de nuestra vida.'
El Lunes Santo en Triana es uno de los días más hermosos del año aunque te haga pensar en los que no están y eso haga también que sea doloroso. Sigue siendo nuestro día. Seguimos formando parte de él. Seguimos siendo lo que él nos ha enseñado y traído. Es un día para ir rebosante de emociones, para echarse a la calle y aprehender todo lo que el Barrio León (ese maravilloso oasis sevillano) es capaz de ofrecer.
La Semana Santa tiene sus luces y sus sombras, como todo lo que hace el hombre. Pero más allá de creencias hay cosas ante las que a uno no le queda otra opción más que rendirse. Si alguna vez alguien siente flaquear sus recuerdos, si alguna vez alguien quiere hacer borrón y cuenta nueva y llenar su caja de viaje de historias y momentos nuevos, que se pase por aquí. Que se pase por Triana un Lunes Santo y espere ver llegar desde cualquier esquina a Jesús en su soberano poder ante Caifás y a su Virgen de la Salud. Que no se arrepentirá.
martes, febrero 26, 2008
ROTO POR DENTRO
Esperaba esta tarde encontrar algo de inspiración para continuar con mi particular resurrección bloguera, sin embargo, aprovecho la melancolía que asola (para variar) mi barrio y hago una recomendación... aunque probablemente muchos de ustedes ya hayan hecho este maravilloso redescubrimiento.
Hasta el próximo terremoto...
Hasta el próximo terremoto...
martes, enero 29, 2008
He bajado del avión
Con más de un millón de deudas pendientes, regreso a este territorio perdido del que una vez fui inquilina permanente y que ahora apenas me atrevo a visitar. O es que tal vez he olvidado el camino de baldosas amarillas que me llevó hasta él; o es que tal vez ando tan lejos de aquel punto de salida, amargo, triste y maravilloso a la par, que mi cada vez más carcomida visión (literalmente, informo) me impide vislumbrar, me impide saber exactamente dónde está. Dónde está respecto a mí.
Perdí o guardé yo (no sé) aquella urgente e infinita necesidad de escribir sobre mi querida (a pesar del abandono) negra espalda del tiempo. Aquellas últimas revelaciones cerraron una etapa bloguera que ya empezaba a ser decadente. No en vano, muchos han dado ya por muerto este blog, al que sin embargo me resisto a darle un adiós definitivo. Será porque de terapia-gratuita ha pasado a ser una suerte de refugio al que acudir siempre que la nostalgia llama a mi puerta o deja sms en mi bandeja de entrada. Sin presiones, sin ansiedad, un espacio al margen del tiempo…
Comentaba (más o menos) el buen amigo de mirada azul: cuanto más muere mi blog, más vivo ando yo.
Y sin embargo, como yo misma vaticiné, siempre hay un regreso. Siempre hay una vía de servicio en cualquier punto del camino de baldosas amarillas que me permite volver, cuando así lo estime oportuno. Y en esta ocasión, ni la nueva temporada de Los hombres de Paco (impresionante Lucas, madonna mía), ni siquiera los pormenores del nuevo trabajo, ni siquiera la Navidad ni otros demonios (véase mis dos nuevas libretitas Labanda) han despertado en mí, desde aquel revelador doce de octubre, las ganas de… ni las fuerzas para confesarme ante ustedes (intuyo un patio de butacas vacío, aunque nunca se sabe qué lector en la sombra sigue esperando). Qué, entonces.
Quizá una certeza (suspiro). Quizá la certeza de saber que puedo hacerlo. Que no era complicado como había llegado a pensar ya. Que es tan sencillo como ponerse a escribir.
“He bajado del avión”. Eso mismo dice Rachel (for ever Friends) cuando se planta en casa de Ross en ese maravilloso capítulo final. Baja del avión y en el preciso instante de hacerlo se da cuenta de que no era tan complicado como parecía cuando aún tenía el cinturón obligatorio puesto. Sí, esa es la frase (verdad Cecile?) que lo resume todo.
Hasta el próximo terremoto.
Perdí o guardé yo (no sé) aquella urgente e infinita necesidad de escribir sobre mi querida (a pesar del abandono) negra espalda del tiempo. Aquellas últimas revelaciones cerraron una etapa bloguera que ya empezaba a ser decadente. No en vano, muchos han dado ya por muerto este blog, al que sin embargo me resisto a darle un adiós definitivo. Será porque de terapia-gratuita ha pasado a ser una suerte de refugio al que acudir siempre que la nostalgia llama a mi puerta o deja sms en mi bandeja de entrada. Sin presiones, sin ansiedad, un espacio al margen del tiempo…
Comentaba (más o menos) el buen amigo de mirada azul: cuanto más muere mi blog, más vivo ando yo.
Y sin embargo, como yo misma vaticiné, siempre hay un regreso. Siempre hay una vía de servicio en cualquier punto del camino de baldosas amarillas que me permite volver, cuando así lo estime oportuno. Y en esta ocasión, ni la nueva temporada de Los hombres de Paco (impresionante Lucas, madonna mía), ni siquiera los pormenores del nuevo trabajo, ni siquiera la Navidad ni otros demonios (véase mis dos nuevas libretitas Labanda) han despertado en mí, desde aquel revelador doce de octubre, las ganas de… ni las fuerzas para confesarme ante ustedes (intuyo un patio de butacas vacío, aunque nunca se sabe qué lector en la sombra sigue esperando). Qué, entonces.
Quizá una certeza (suspiro). Quizá la certeza de saber que puedo hacerlo. Que no era complicado como había llegado a pensar ya. Que es tan sencillo como ponerse a escribir.
“He bajado del avión”. Eso mismo dice Rachel (for ever Friends) cuando se planta en casa de Ross en ese maravilloso capítulo final. Baja del avión y en el preciso instante de hacerlo se da cuenta de que no era tan complicado como parecía cuando aún tenía el cinturón obligatorio puesto. Sí, esa es la frase (verdad Cecile?) que lo resume todo.
Hasta el próximo terremoto.
viernes, octubre 12, 2007
Revelaciones
Mientras leía en el tren, mientras me disponía a disfrutar de uno de mis primeros festivos como tal, no por descanso, asunto propio o vacación, sino por, en este caso, la Hispanidad. Mientras voy dejando en el horizonte de mi ventana la la maravillosa torre con el ojo de Sauron (¡vivan las energías renovables!) retando al mismísimo sol. Mientras todo eso ocurre, aunque ya haya dejado de ocurrir, descubro con emoción que la protagonista o al menos el personaje femenino (protagonista solo hay uno y es el que narra, el que cuenta aún pensando que uno no debería contar nunca nada...) de la fascinante trilogía 'Tu rostro mañana' (Javier Marías, of course) se llama PATRICIA.
¿No es una deliciosa casualidad? Durante las dos primeras partes, al menos así lo recuerdo yo (y de algo así me acordaría) no se desvela nunca el nombre de pila de esta joven espía. El narrador, nuestro hombre, siempre se refiere a ella por sus apellidos, como Pérez Nuix. Y de repente, en la página 83 del último volumen (un tocho de 705 páginas) leo:
"Cuando un nombre femenino aparecía en nuestras conversaciones, el de Patricia Pérez Nuix era, por fuerza, el más persistente y duradero".
¿No les parece realmente maravilloso? Probablemente no. Pero a mí, el detalle, me ha llenado de optimismo los bolsillos.
Hasta el próximo terremoto.
domingo, octubre 07, 2007
El final es un beso escondido detrás de un sombrero
Es tanto lo que se pierde, dice quien ya todos saben que lo dice.
Estos días no he parado de pensar, me esfuerzo mucho en recordar a cual de mis compis becarios vi antes o en qué consistía exactamente aquella primera broma que Vicente me hizo, cuando apenas acababa de saber su nombre [me pareció toda una osadía]. Soy incapaz. Sé que aquel primer día, de aquel verano de 2004, Raquel Rendón llevaba su falda larga azul cielo, el pelo largo y sus antiguas gafas de montura ligera. Y sé, lo recuerdo, que al verla pensé [lo juro] que me llevaría bien con ella.
También recuerdo que fue en el ordenador de Montenegro donde me senté en aquella clase de iniciación al Millenium y al Arcano (no imaginábamos entonces cuanto nos llegaría a desesperar el dichoso archivo) de un Juan Aurelio aún desconocido. Recuerdo aquella suerte de primera y única reunión de primera con el dire diciéndonos que todo sería maravilloso. Recuerdo a los jefes mirándonos con media sonrisa y recuerdo lo deprisa que Ana del Rocío contestó cuando preguntaron quién quería irse a Deportes.
Siempre me ha gustado pensar que aquella quinta de becarios fue de lo mejorcito que pasó por Huelva Información (disculpen la falta de modestia).
Y puedo seguir con los recuerdos… La sonrisa de Sugrañes diciéndome "Claro que sí", cuando me ofrecieron quedarme y acepté. La marcha de David Mingo (la primera de tantas que vinieron después). Y desde entonces las manazas de Paco Núñez golpeando mi teclado (y sus bromas, y sus consejos, y su amistad, y sí, también su marcha), los comentarios de Mónica, la ironía de Justo, la bondad de Zalvide, los paquetes de Doritos que me arrebataron; el café con leche con menos dos de azúcar. Los "pásalos al 210"; los desesperantes envíos de los corresponsales, siempre a las tantas; la voz de Chacho, al modo de padre de Hamlet que llega desde el fondo de la redacción; el sonido de la impresora; el armario de chuches de Deportes; los cambios y las escaleras de Sambell; los diseños de Rodolfo; las críticas de cine de Mili; los ‘Maricebolla’ de la ‘Mariajo’; los tacones por el pasillo de la redacción; los pellizcos de Carlos; la complicidad de Peinazo (mi redactor jefe ya para siempre); los café a las once; el digital de AnaRo; la melena rubia de Saray; las 40 páginas del suplemento de construcción del Quinichi y luego sus dobles de Tráfico (volumen II); la llegada de Rosa; las coca cola Light de la Gallego; la sonrisa de Ana (y sus gráficos). SantiPonce. El diario de la Gran Vía con sones de Amaral que nos brindó Serradilla. Los cascos de Princesa Leia; las visitas de Yolanda; las patadas a papeleras; los Contro+S+ Intro, el Mac de Fran Info; los ‘tengo miedo’ de Dona, el brillo en los ojos de los fotógrafos. El ‘Hasta mañana’ de Tere, siempre, aunque no trabaje al día siguiente o se vaya de vacaciones. Los goles del recre y los marrones de sucesos; las fotos de la última; la fuente de agua (al fin), los brindis con el alcalde y las visitas solidarias de Barragán; la barba de Helenio, y sus maquetas a lápiz, repletas de breves. El olor a fábrica, a salitre y los colores del atardecer junto a la Ría. El protocolo telefónico de Enrique. Las historias de Sugrañes (que me enseñaron a conocer Huelva) y cada tarde, una tras otra cada noche una tras otra, la ida y vuelta a casa en compañía de Vicente.
Podría seguir con los recuerdos, y sin embargo, es tanto lo que se pierde. Han cabido tantas cosas en tres años, tantas que algunas ya ni las recuerdo. Y lamento no ser una máquina, no tener una memoria de mil gigas para poder tener un registro pormenorizado de todos y cada uno de los segundos que he pasado en esa redacción, infierno y paraíso, puerta del bien y del mal.
Me marcho de donde ya creía que nunca me marcharía. Me voy con un nudo en la garganta, y sin la certeza, las siempre necesarias certezas. Me voy con una foto en la retina, como en La Playa (¿se acuerdan?), ese instante perfecto de carpe diem, de felicidad infinita. Me marcho y me llevo una familia en el bolso de Jordi Labanda. Me marcho y una parte de mí se queda (y no me refiero, sólo, a las toneladas de papeles que aún debo recoger). Me marcho y deseo quedarme, aunque sepa que en el fondo, hago bien en marcharme. Me marcho y automáticamente se genera una nueva sombra, un nuevo fantasma en mi negra espalda del tiempo, de la misma manera que con tan sólo un clic, surgen las páginas en la carpeta de pdf automáticos.
Me marcho y ahora que ya me he marchado, me parece mentira. Me marcho y nunca pensé que sería tan difícil marcharme.
Pero ya está, ya se hizo, al fin cumplo mi sueño y me convierto en una suerte de participante de Gran Hermano, una voz similar a la de Mercedes Milá ya ha comenzado con el ritual: "la puerta de Huelva Información se abre para que salga… Patricia".
Estos días no he parado de pensar, me esfuerzo mucho en recordar a cual de mis compis becarios vi antes o en qué consistía exactamente aquella primera broma que Vicente me hizo, cuando apenas acababa de saber su nombre [me pareció toda una osadía]. Soy incapaz. Sé que aquel primer día, de aquel verano de 2004, Raquel Rendón llevaba su falda larga azul cielo, el pelo largo y sus antiguas gafas de montura ligera. Y sé, lo recuerdo, que al verla pensé [lo juro] que me llevaría bien con ella.
También recuerdo que fue en el ordenador de Montenegro donde me senté en aquella clase de iniciación al Millenium y al Arcano (no imaginábamos entonces cuanto nos llegaría a desesperar el dichoso archivo) de un Juan Aurelio aún desconocido. Recuerdo aquella suerte de primera y única reunión de primera con el dire diciéndonos que todo sería maravilloso. Recuerdo a los jefes mirándonos con media sonrisa y recuerdo lo deprisa que Ana del Rocío contestó cuando preguntaron quién quería irse a Deportes.
Siempre me ha gustado pensar que aquella quinta de becarios fue de lo mejorcito que pasó por Huelva Información (disculpen la falta de modestia).
Y puedo seguir con los recuerdos… La sonrisa de Sugrañes diciéndome "Claro que sí", cuando me ofrecieron quedarme y acepté. La marcha de David Mingo (la primera de tantas que vinieron después). Y desde entonces las manazas de Paco Núñez golpeando mi teclado (y sus bromas, y sus consejos, y su amistad, y sí, también su marcha), los comentarios de Mónica, la ironía de Justo, la bondad de Zalvide, los paquetes de Doritos que me arrebataron; el café con leche con menos dos de azúcar. Los "pásalos al 210"; los desesperantes envíos de los corresponsales, siempre a las tantas; la voz de Chacho, al modo de padre de Hamlet que llega desde el fondo de la redacción; el sonido de la impresora; el armario de chuches de Deportes; los cambios y las escaleras de Sambell; los diseños de Rodolfo; las críticas de cine de Mili; los ‘Maricebolla’ de la ‘Mariajo’; los tacones por el pasillo de la redacción; los pellizcos de Carlos; la complicidad de Peinazo (mi redactor jefe ya para siempre); los café a las once; el digital de AnaRo; la melena rubia de Saray; las 40 páginas del suplemento de construcción del Quinichi y luego sus dobles de Tráfico (volumen II); la llegada de Rosa; las coca cola Light de la Gallego; la sonrisa de Ana (y sus gráficos). SantiPonce. El diario de la Gran Vía con sones de Amaral que nos brindó Serradilla. Los cascos de Princesa Leia; las visitas de Yolanda; las patadas a papeleras; los Contro+S+ Intro, el Mac de Fran Info; los ‘tengo miedo’ de Dona, el brillo en los ojos de los fotógrafos. El ‘Hasta mañana’ de Tere, siempre, aunque no trabaje al día siguiente o se vaya de vacaciones. Los goles del recre y los marrones de sucesos; las fotos de la última; la fuente de agua (al fin), los brindis con el alcalde y las visitas solidarias de Barragán; la barba de Helenio, y sus maquetas a lápiz, repletas de breves. El olor a fábrica, a salitre y los colores del atardecer junto a la Ría. El protocolo telefónico de Enrique. Las historias de Sugrañes (que me enseñaron a conocer Huelva) y cada tarde, una tras otra cada noche una tras otra, la ida y vuelta a casa en compañía de Vicente.
Podría seguir con los recuerdos, y sin embargo, es tanto lo que se pierde. Han cabido tantas cosas en tres años, tantas que algunas ya ni las recuerdo. Y lamento no ser una máquina, no tener una memoria de mil gigas para poder tener un registro pormenorizado de todos y cada uno de los segundos que he pasado en esa redacción, infierno y paraíso, puerta del bien y del mal.
Me marcho de donde ya creía que nunca me marcharía. Me voy con un nudo en la garganta, y sin la certeza, las siempre necesarias certezas. Me voy con una foto en la retina, como en La Playa (¿se acuerdan?), ese instante perfecto de carpe diem, de felicidad infinita. Me marcho y me llevo una familia en el bolso de Jordi Labanda. Me marcho y una parte de mí se queda (y no me refiero, sólo, a las toneladas de papeles que aún debo recoger). Me marcho y deseo quedarme, aunque sepa que en el fondo, hago bien en marcharme. Me marcho y automáticamente se genera una nueva sombra, un nuevo fantasma en mi negra espalda del tiempo, de la misma manera que con tan sólo un clic, surgen las páginas en la carpeta de pdf automáticos.
Me marcho y ahora que ya me he marchado, me parece mentira. Me marcho y nunca pensé que sería tan difícil marcharme.
Pero ya está, ya se hizo, al fin cumplo mi sueño y me convierto en una suerte de participante de Gran Hermano, una voz similar a la de Mercedes Milá ya ha comenzado con el ritual: "la puerta de Huelva Información se abre para que salga… Patricia".
Que verdad tan verdadera aquella de que las cosas nunca son como las hubiéramos imaginado. Por más versiones que de ellas tengamos en la cabeza, por más variantes, al final, la realidad siempre nos sorprende. Este post no es como el que soñé.
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